Por Edistio Cámere
La escuela es más que un lugar de enseñanza de materias que se imparten ordenada y sistemáticamente. En ella se tejen otras configuraciones que van más allá de la activa intervención del alumno en el aula. La concurrencia simultáneamente de actores con diferentes grados de madurez y de edad, de relaciones interpersonales que se especifican con arreglo esas características, de diferencias individuales innatas y derivadas de las propias familias, de normas y costumbres, de la convivencia entre pares que no siempre discurre por cauces de armonía y solidaridad y que reclama del dominio de códigos para una eficaz adaptación, de los objetivos y metas grupales, de la amistad y el compañerismo, del esfuerzo y del trabajo escolar, del dolor y del sufrimiento originado en el colegio o en la casa, de las actividades deportivas y de esparcimiento, de las fiestas… expresan de manera categórica que sea la vida misma, con sus matices y tonalidades, la que se despliega en el escenario escolar dándole un especial relieve y connotación. La escuela es, por tanto, una historia en la que se entrecruzan biografías personales en continuo desarrollo.
Un colegio es una sociedad compuesta por padres de familia, profesores y alumnos quienes, al interactuar y relacionarse formal e informalmente, forjan y forman una cultura que se va construyendo y estructurando en el tiempo. En ese sentido, a la cultura, siguiendo a Geertz, se la puede definir como un “sistema ordenado de significaciones y símbolos en virtud de los cuales los individuos definen su mundo, expresan sus sentimientos y formulan sus juicios”.
En todo centro educativo hay un saber, una moral, una estética y también, como toda cultura, cuenta con unos valores, unas normas, unos instrumentos y unos signos. Ciertamente, los colegios no son islas, participan de una cultura nacional y universal. Pero en razón de su finalidad, la cultura que vertebra a una comunidad educativa debe recogerse y plasmarse en un Ideario. David Isaacs lo define como “el conjunto de principios que configuran el tipo de educación que se promueve; la manera de realizar la acción educativa; el modo de entender el centro educativo; y la postura del centro respecto a los padres, a los alumnos, a los profesores; a los antiguos alumnos; al personal no docente y al entorno”([1]).
El ideario sustenta la organización del centro y le da el sentido final a sus actividades. De ahí la importancia que sea conocido por todos y cada uno de los integrantes de la escuela. Sin su conocimiento la aceptación se dificulta y sin su aceptación no es posible llevarlo a la práctica. En el empeño de difundir y transmitir el contenido del Ideario se tiene que estimular el aporte y la participación tanto de los estudiantes como de los padres de familia. Lo que está claro es que no debe ser tarea única ni exclusiva del personal directivo ni docente.
Los principios educativos, que son lo propio de cada centro, marcan el norte pero no garantizan la emisión de conductas ni de actitudes. Señalan el camino pero no el modo de andar. Se van haciendo vida respetando las diferencias personales y al mismo tiempo se van enriqueciendo con el aporte y el modo de ser de sus integrantes. Es decir, el ideario no es mera letra escrita; tiene más bien la particularidad del guante en manos de un cirujano, sigue siendo guante pero plásticamente se acomoda a las necesidades del galeno.
El Ideario está dotado de cierta autonomía, tiene un dinamismo y una capacidad de desarrollo propio, no obstante su mantenimiento siempre será tarea de los integrantes de un colegio. Que el ideario subsista, independientemente de las personas, revela las siguientes características que convienen destacar: 1) Historicidad, en tanto se inscribe dentro de un contexto definido y tiende a permanecer; 2) “Tiene un poder superior al de la vida individual” (J. Choza) en tanto que la encauza y ordena en un determinado sentido mediante las instancias correspondientes; 3) Plasticidad, en tanto que los sujetos pueden adherirse, mejorarlo o modificarlo; y, 4) Fragilidad, en tanto que por acción humana puede ser desviado de su fin, dándole otro sentido. El Ideario propone fines y principios, pero es a través de los medios para acceder a ellos donde se palpa su plasticidad y fragilidad.
En cierto sentido, y dada sus características, se puede afirmar que el ideario vendría a ser el ‘bien común’ de la institución educativa. La Gran Enciclopedia RIALP define este término de dos modos. En su acepción ontológica es el “bien apto para ser participado por una pluralidad de seres”. En su acepción social, bien común “es el bien que puede ser participado por todos y cada uno de los miembros de una comunidad humana”. El Ideario, por tanto, es en la escuela, su bien común y es común porque precisamente puede ser ‘comunicable’ a todos sus integrantes, sin que por ello se fragmente.
Pero el que sea ‘comunicable’ no necesariamente predica que se halle comunicado o participado por todos ellos. Para que sea participado es necesario vigilar -principalmente- en el centro educativo el cumplimiento de cuatro condiciones: 1) Que sea conocido, pues no se recibe lo que no se conoce; 2) Que exista un adecuado nivel material y organizativo que permitan el logro de metas y objetivos; 3) Que se mantenga un clima pacífico y ordenado gracias al ejercicio de una autoridad orientada al servicio de los miembros de la comunidad educativa; y, 4) Que se garantice la inclusión de bienes vinculados con la dignidad de la persona; es decir, valores culturales, morales y espirituales.
Para que el ideario sea un bien apto del cual los integrantes de la comunidad educativa puedan participar, es vital plantearse el cómo conseguir que efectivamente sea participado por todos y cada uno de los miembros de la escuela. En esta tarea, con creatividad y arrojo, es conveniente enlazar y fundamentar también la participación activa de los estudiantes de acuerdo con su edad encauzando sus talentos y entusiasmo para que el ideario institucional sea efectivamente participado por sus pares y compañeros.
[1] Isaacs, David, “Teoría y práctica de la dirección de Centros Educativos”, EUNSA, Pamplona, España, 1987, pág. 48.




La familia, como institución de derecho natural y civil, es universal y en sus funciones se puede afirmar que no es especializada. Por ejemplo, del Congreso de la República -como institución- se espera que legisle, no se le reclama que construya o gestione un programa de vivienda. En cambio, a la familia se le reclama que eduque, que alimente, que satisfaga las necesidades de seguridad, de amor, que provea lo necesario para que sus integrantes puedan vivir. En ella se satisface el derecho radical de nacer, crecer y morir como persona.
enlazan directamente al alumno con la cultura y la sociedad. Por tanto, su dominio exige del aprendizaje de técnicas y reglas que por su rigor, y no poca complejidad, pueden hacer que el alumno corra el riesgo de no advertir la otra finalidad de la comunicación, que es la de integrarnos como personas. Y es que el propio docente puede sesgar su esfuerzo, quizá intensivamente, hacia la práctica gramatical, descuidando la creación de espacios que favorezcan el poner en común los propios pensamientos y experiencias. Esta segunda finalidad se hace realidad en tanto que el docente cuente con la confianza y autonomía necesarias para hacerlo.
La educación basa su eficacia en la simultaneidad de la palabra con el ejemplo. ¿De qué otro modo se aquilata lo que se dice, si no es con las obras? Las palabras, al señalar el norte, iluminan el camino, pero para transitarlo en pos de la meta es necesario modelos o referentes que, sin volver la vista atrás, muestren que vale la pena mirar hacia delante. 




