EntreEducadores

24 enero 2012

El arma fundamental del docente

Archivado en: Educación — entreeducadores @ 8:04 pm

Por Edistio Cámere

De pronto el horizonte mudó de color. La esperanza de un mañana mejor empalidece. El presente sobrecoge e inmoviliza. El entorno nacional e internacional no es tierra fértil de la cual el maestro pueda cosechar frutos maduros para compartir con sus alumnos. Más bien, se ha convertido en tierra agreste y, en no pocos casos, árida; a tal extremo que exige del docente sus mejores recursos para extraer semillas (de las buenas) para que germinen sólidas en la mente y en el corazón de sus discípulos. 

Es ardua la tarea que le espera al profesor en estos próximos años. ¿Cómo enseñar a ser sincero si el quedar bien vale más que el decir la verdad? ¿Cómo hablar de paz si la guerra puede estar a la vuelta de la esquina? ¿Cómo enseñar la lealtad si los compromisos asumidos no se honran? ¿Cómo hablar de la dignidad del hombre si sus derechos se vulneran con enervante frialdad?  ¿Para qué esforzarse en aprender si las posibilidades de aplicar los conocimientos se reducen con angustiosa celeridad?   

Estoy convencido que no ha habido una época paradisíaca. Todas han tenido sus momentos de dificultad. Por tanto, una primera consecuencia es mirar la nuestra con prudente realismo, sin ribetes apocalípticos que impidan avizorar la luz que se esconde tras una montaña. La situación actual es producto de un gran don del ser humano: su libertad.

Por eso, el docente no debe cejar en el empeño de formar un criterio recto, de modo que el alumno pueda discernir entre lo correcto y lo incorrecto, dejando sentado que una conducta equivocada no anula el principio o un valor. De la mano con los padres de familia, el profesor debe tener la certeza que no existe una influencia superior a ellos, por tanto, con su cercanía afectiva, con su ejemplaridad  y con su palabra estimulante y oportuna podrá conducir a buen puerto a los alumnos a él encomendados, aún a pesar que el entorno inmediato y mediato se muestren contrario a sus enseñanzas. El optimismo realista será el arma fundamental del docente de este siglo XXI.

6 enero 2012

Optimismo y confianza

Archivado en: Adolescencia,Docencia,Educación,Familia,Orientación,Perú,Psicología,Sociedad — entreeducadores @ 11:19 am

Por Edistio Cámere

Mafalda, el famoso personaje de Quino, preocupada lee en un diario:      “Estocolmo: Suecia tiene construidos ya refugios antiatómicos como para albergar a la mitad de su población. Asimismo, gran cantidad de fábricas han sido instaladas bajo tierra”. Levanta la vista del periódico y piensa: “¡Qué dilema con estos suecos! Uno no sabe si admirarles la ingeniería o el pesimismo”.

      La inquietud de Mafalda tiene sentido. Todo un esfuerzo económico y técnico para ‘no crecer y esconderse’, porque según los suecos no tienen esperanza que el mundo cambie, nos deja pensando. Considero que tal juicio es incompatible con la educación, pues lo propio de aquella -y como compañero inseparable- es el optimismo. David Isaacs lo define así: “Confía, razonablemente, en sus propias posibilidades y en la ayuda que le pueden prestar los demás, y confía en las posibilidades de los demás, de tal modo que, en cualquier situación, distingue, en primer lugar, lo que es positivo en sí y las posibilidades de mejora que existen y, a continuación, las dificultades que  se opongan a esa mejora (…)”.

      Quisiera detenerme en una sola idea: ‘Confía razonablemente…’,  lo que equivale a decir, reconocer con equidad las propias capacidades (ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre). Al mismo tiempo, con prudencia y respeto, reconocer las posibilidades de mejora y capacidades de los demás. La confianza es el fundamento de la cooperación y de las relaciones interpersonales. 

      Pero esa confianza no se soporta solo en la familiaridad sino en la firme consideración de la valía personal de los demás. De modo que cuando, luego de haber intentado sacar el bien de una determinada situación, se solicita la intervención de otra persona es porque se confía en ella para que nos ayude a mirar nuevamente las cosas positivamente. La cooperación, de suyo, entraña una gran dosis  de optimismo: ‘Lo que me falta para crecer el otro me lo suple.  Lo que aquel carece yo se lo ofrezco’. Es, por tanto, una relación horizontal entendida en una real y justa valoración.  

      En un centro educativo la cooperación interpersonal, basada en el optimismo y la confianza, no solo permite el mejoramiento personal sino que también forja una cultura organizativa que facilita la educación moral en los alumnos. El respeto, la consideración, el reconocimiento entre los miembros de una comunidad educativa le da un sentido positivo a las normas de convivencia. Su uso contribuye a que cada alumno mejore (bien particular) y ayude a que los demás también mejoren (bien general).

20 diciembre 2011

¿Puede un profesor fracasar?

Archivado en: Docencia,Educación,Orientación,Psicología,Sociedad — entreeducadores @ 9:35 am

Por Edistio Cámere

¿Puede un  profesor fracasar? Tal es la pregunta que alguien dirigió cual saeta desde su sitio al expositor.  Se hizo un tenso silencio.  La expectativa estaba en plena cúspide, las miradas centradas en el conferenciante. 

El fracaso es un riesgo que suele adherirse a todas las aventuras profesionales y humanas. Renunciar a considerarlo – entre otros factores – implica otorgarle patente de corzo a la irresponsabilidad. Un docente que vence la primera prueba que lo acredita como tal, es decir, que posea un bien logrado dominio de lo técnico-pedagógico tiene el camino allanado para no fracasar en su gestión.

En efecto, si no conociera la materia que imparte, si su didáctica fuera deficiente y si su manejo del aula no permitiera el desarrollo normal de las clases; ese profesor no tendría la posibilidad de terminar el año lectivo con sus alumnos. Superado positivamente el dominio de la técnico-pedagógico, el profesor no fracasará si cumple tres condiciones: a) Si actúa con rectitud de intención; b) si procura unidad entre su ser y quehacer; y, c) si respeta la libertad de sus alumnos. 

El bien del alumno

La rectitud de intención en una primera acepción significa: obrar bien.  Si se profundiza un poco más se puede vincular ese obrar con la búsqueda del bien del alumno. ¿Cuál es el bien del alumno?  Obviamente que aprenda. ¿Pero allí concluye la acción educativa?  Sí, si nos detenemos en la mera función.  No, si nos hacemos cargo del sujeto de la función. 

El bien a buscar en el alumno, además que aprenda es que se perfeccione como persona, que oriente su actuación hacia la búsqueda de la verdad y del bien. La segunda condición expresa en pocas palabras, que el docente no sólo haga de profesor sino que respalde sus acciones pedagógicas con su dimensión  humana poniendo su persona también en franco proceso de perfeccionamiento, de modo que con el ejemplo muestra la ruta a seguir al alumno, quien tenderá a transitar por ella, gracias al prestigio que adquiere en su lucha por ser mejor.

La autoridad-prestigio del docente es la clave  para que el alumno no ponga reparos en pasar de la autodeterminación a la heterodeterminación, sin que esto implique una perdida  en su capacidad de decisión, todo lo contrario, aceptará el bien propuesto por alguien que para él es significativo.

Por último, como tercera condición, al profesor le corresponde  señalar y mostrar los fines, pero debe ser consciente que los medios, los modos para llegar a ellos, quedan en el estricto campo de la libertad del alumno. “Los docentes deberán cuidarse de no modificar al alumno- utilizando su “poder” – en la forma que más le agrade.  Esa no es su función.  Cuando los sistemas educativos se “apropian” de la libertad y responsabilidad del educando, basándose más en como reacciona y olvidando su capacidad de autodeterminación, se anula su iniciativa y se “seca” la fuente de vitalidad” (García Hoz) ¡Que gran cosa es lograr que el alumno quiera lo que el profesor quiere y no que haga lo que aquel quiere!  Si un maestro cumple estas condiciones nunca saboreará el trago amargo del fracaso.

1 diciembre 2011

El valor de la experiencia docente en el proceso educativo

Archivado en: Educación — entreeducadores @ 11:27 am

 

Por Edistio Cámere

No podré olvidar a aquel maestro que pintaba canas como años tenía de ejercer la docencia cuando comento, con cierto aire de nostalgia: “Mi vida profesional ha transcurrido entre los linderos de varios colegios.  He enseñando a todo tipo de alumnos desde los más listos hasta los más esforzados.  Desde los motivados hasta los meros asistentes. ¡Una vasta experiencia que me ha enriquecido mucho! A pesar de ello, no recuerdo que hayan pedido mi opinión acerca de la conveniencia o no de una ley, de un reglamento o de un cambio en materia educativa”.   Este comentario abriga tres consecuencias: a)  Las propuestas en educación suelen ir de arriba hacia abajo.  b) Siendo la educación un acto humano relacional se privilegia poco la experiencia docente a tal extremo que no se le incluye al momento de la elaboración de planes o proyectos de largo aliento y, c) los docentes próximos a  cesar o jubilados pueden constituirse en elementos importantes para supervisar las prácticas profesionales de los recién egresados o formar consejos consultivos que bien podrían beneficiar a los colegios estatales. 

La educación es un largo y continuo proceso y como tal no debería admitir interrupciones abruptas. Su continuidad se sustenta en los docentes con la condición de que transmitan su experiencia acrisolada por los logros obtenidos, lo que permite que los que vienen detrás sean más eficaces pues se les abrevia el tiempo para alcanzar la madurez profesional. 

La comunicación y los intercambios entre los docentes tienen que ser práctica común pues, en la educación no existen recetas que respondan a todos los retos que ella plantea. Más bien, admite criterios y experiencias que, respetando el contexto y las particulares circunstancias, ayuden a la eficacia del trabajo en el aula y en el trato personal con los alumnos.  Lo permanente en la  educación son las personas que siendo diferentes mantienen, a pesar del paso del tiempo sus características esenciales.     

4 noviembre 2011

El acompañamiento del docente en el crecimiento del alumno

Por Edistio Cámere

En un colegio el tiempo transcurre entre clases y recreos, entre el estudio y el juego. Da la impresión que en ese espacio no ocurriese nada importante, a decir de aquellos que propugnan una escuela que mire a la producción, y de otros que sostienen que el tiempo de permanencia de los alumnos en el colegio es excesivo. Sin embargo, en un colegio suceden hechos de primer orden: los alumnos crecen, que es el modo más puro y natural de aprovechar el tiempo.

El filósofo español Leonardo Polo intenta una explicación: “¿Cuál es el modo puro de ganar el tiempo? Para un viviente es crecer. Un ser viviente que está creciendo no pierde el tiempo de ninguna manera, sino que usa el tiempo a su favor”. En efecto, “el crecimiento orgánico acontece en gran parte en la embriogénesis, el periodo que abarca desde el cigoto fecundado hasta el nacimiento; es este periodo de crecimiento puro: en el seno de la madre el niño no hace otra cosa que ganar tiempo, se dedica a hacerse a sí mismo. Después del nacimiento se sigue creciendo, por ejemplo, al domesticar el propio cuerpo, es decir, al aprender a usarlo con la adquisición de los reflejos condicionados básicos. Luego, a través de la vida, se adquieren más conocimientos, constituyendo los órganos cuya formación no sólo es embriogénica”[1].

El alumno, desde que inicia el colegio hasta que lo concluye, está en permanente crecimiento, en constante desarrollo. Junto con el crecimiento corporal sus facultades y cualidades van perfilándose acorde con sus periodos evolutivos. Sin embargo, el crecimiento en el ser humano no es meramente somático. Está llamado a crecer como un ser completo, a perfeccionarse como persona que, como afirma el profesor Polo, “es la más alta forma de crecimiento que existe”.

Crecer como persona supone una valoración de las alternativas que se presentan para optar por aquella que conduzca de modo más directo a ese fin.  Decidir también implica transitar por la vía elegida. Por eso, la toma de decisiones tiene siempre un carácter ético, porque el hombre es un ser libre. Precisamente, en su libertad de elegir y en su responsabilidad radica el privilegio de ser él mismo causa de su autodeterminación y de la realización cotidiana de su proyecto vital.

El ser humano se autodetermina en orden a su particular modo de conocer y querer. El conocer -a través de la inteligencia- tiene la misión de identificar un bien al cual se adhiere el querer gracias a la voluntad. La persona no solo no siempre opta por el mayor bien, sino que cuando lo identifica le resulta oneroso alcanzarlo. De allí la importancia de formar el criterio, ejercitar la responsabilidad y promover la adquisición de virtudes, de modo que la decisión asumida se lleve a cabo con presteza y con eficacia.   

Señalamos el hecho de que los niños y jóvenes están aprovechando el tiempo porque están en un franco proceso de crecimiento. Por tanto, el crecer tiene que tender hacia la unidad de la persona. La unidad incuba la diversidad pero riñe con la fragmentación. El hombre es un ser inacabado, en consecuencia su perfeccionamiento como persona no tiene límites a condición que valore correctamente las alternativas que se le presentan y decida por aquella que lo lleve por el camino de ser más y mejor persona.

El alumno crece naturalmente pero es incapaz -por su misma condición de niño y joven- de valorar adecuadamente las alternativas. Desde esa posición se comprende que prefiera el juego, la diversión, dejar para mañana los deberes, el pasar por alto situaciones provechosas de aprendizaje personal… Su capacidad de autodeterminación aún incipiente exonera la vinculación estrecha que existe entre las decisiones y la ética. ¿Cómo compaginar el aprovechamiento del tiempo con su situación real de crecimiento? La única manera es que el docente supla esa carencia actuando éticamente. Siendo ético en el ejercicio de su quehacer.     

“Desde el punto de vista del carácter temporal, la ética es el modo de no perder el tiempo. Es el modo en que el hombre gana tiempo. Es el modo de compensar el inevitable transcurso del tiempo, de evitar el déficit: que no haya más tiempo que lo que se puede lograr en el tiempo”[2].Este predicamento da sentido y finalidad a la eficiencia y eficacia pedagógica que se especifica en la preparación diligente de las clases, en la actualización permanente, en la evaluación reflexiva sobre la cotidiana actuación, de modo que el docente se ponga a buen recaudo de la rutina y del mecanicismo educativo y en un estudio concienzudo en la toma de decisiones que involucren a los alumnos.

Con su actitud ética el profesor no solo garantiza el aprendizaje sino que forma a la persona del alumno, logra lo que Constancio Vigil denomina la doble finalidad de la educación. “Mientras bordas, ¿supones que lo principal es el bordado?  -Me parece que sí.  -A mí, en cambio, me parece que no. Tu error es muy común. Lo principal es siempre el alma, la inteligencia, el sentimiento. Poco o nada significan las cosas en sí. El bordado se aja y envejece. La paciencia, la habilidad y la perseverancia que ejercitas y aumentas mientras lo ejecutas es lo que más vale de tu bordado, lo que quedará en definitiva”[3].


[1]Polo, Leonardo,‘Quién es el hombre’.Ed. UDEP. Perú, 1993, págs. 110-111.

[2]Polo, Leonardo, ob. cit. pág. 110.

[3]Vigil, Constancio, ‘La educación del hijo’, Ed. Atlántida, Argentina, 1945,  pág. 164.

17 octubre 2011

Cenit: oportunidad para forjar un mundo mejor

Archivado en: Educación — entreeducadores @ 9:57 pm

Por Edistio Cámere

“Si no puedes imaginar un mundo mejor, entonces no serás capaz de cambiarlo”. Esta frase fue propuesta, a modo de lema conclusivo, en el último Encuentro Escolar Internacional denominado Cenit* que, desde hace nueve años, organizan los alumnos del Colegio Santa Margarita. Tiene mucha enjundia, nervio y fundamento dicha sentencia; como pasión, compromiso e inteligencia tienen los jóvenes. No es una frase romántica nacida al amparo de una efusión emotiva, menos aún quimérica que tan pronto despierta entusiasmo como desencanto por su desconexión con la realidad. Todo lo contrario, se hace cargo y, desde aquella, invita a conjeturar, a idear, a representarse e imaginar diferentes modos, escenarios y alternativas de ser y estar en la realidad.

No es tarea para los superficiales o frívolos que tan sólo la perciben en función de sus cortos intereses  se apagan cuando están satisfechos. Tampoco es una ocupación para quienes ven a los demás como obstáculos en su camino al éxito personal; para estos cualquier cambio positivo les supone más competidores. Menos aún para los cuales la guerra está perdida sin haberla luchado y se encierran en sí mismos rumiando los problemas y trasegando su pesimismo a cualquier iniciativa de mejora.

“Imaginar un mundo mejor” es tarea para fuertes, para capaces de acometer nuevas empresas al tiempo que sean aptos para resistir cuando las dificultades arrecien. Muchos inician el camino pero pocos llegan a la posada; y es que en el trayecto aparecen voces que vociferan “para qué complicarse la vida si el andar es ya un gran esfuerzo”. Es también un cometido para aquellos que, inconformes con el curso de los acontecimientos, no desesperan al tener la convicción de que el motor de los cambios se enciende cuando comienzan por uno mismo, y se ocupan con prisa pero sin pausa en su mejora personal.

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13 septiembre 2011

FORJANDO VIRTUDES III

Archivado en: Educación — entreeducadores @ 3:32 pm

Oír o escuchar a los demás

Por Edistio Cámere

Escuchar es importante para el cultivo de la amistad y al mismo tiempo predica que con el compañerismo se encuentra en dimensiones distintas. Precisamente desde la vertiente de la escucha se tiene que cotejar y revisar si el aprecio por  la amistad y las actividades concomitantes que se promueven no terminan exclusivamente en ‘pasar un buen rato en compañía’.  

Ciertamente, el hacer cosas juntos, el pasarla bien, el coincidir en intereses similares, el afecto y la simpatía… son prolegómenos de toda amistad. Llegar al corazón o núcleo de la misma es sólo posible a través del intercambio de subjetividades, de intimidades. Lo íntimo, lo propio, como los pensamientos, los sentimientos, las creencias, las opiniones, los  gustos, sólo se expresan porque se quiere.

 Escuchar no es solo oír y asentir; es atender, mirar, comprender y para hacerlo hay que saber recibir a la otra persona desde su intimidad. Si se ‘pasa de largo’ ante cualquier encuentro interpersonal, las oportunidades de descubrir amigos se reducen. Para la amistad la prisa, el ruido, el orgullo y la brusquedad son enemigos a los que conviene hacerles frente.

No es tarea fácil. Hablar de lo propio halaga y se busca no pocas veces desmedidamente. Poner freno al ‘yo’ para que no irrumpa y opaque es el inicio de la amistad, que solicita reciprocidad, de modo que en el intercambio cada amigo se enriquezca y crezca redundando en la calidad y solidez de la amistad.  Cuando se busca genuinamente un ‘tú’ las etiquetas, la función o el rol se desvanecen para dar paso al nombre propio con unas características e historia únicas e irrepetibles. 

Con los compañeros se coincide en un espacio y en unas actividades. Con la amistad, además, se crece juntos ayudados por la palabra y el ejemplo mutuo. El compañero comparte la efervescencia, la euforia y la diversión. El amigo también se hace cargo del dolor, la preocupación, las alegrías, la corrección y del estar juntos en los buenos y no tan buenos momentos. La escucha al amigo es como esa mirada de la madre que capta con precisión y profundidad cuando a su hijo le aqueja algún problema. La amistad es un tesoro que debe cuidarse e incrementarse.

Relación con los demás

Las relaciones personales no son neutras; más bien, generan agrado- desagrado, inclinación-rechazo, afección-repulsa. Entre estos dos polos extremos se sitúa toda una gama de vivencias que constituyen los elementos principales del mundo emocional. El hombre se complementa en la medida que se relaciona con los demás. Dicha relación, que se establece en el marco de la convivencia, presenta obligaciones y beneficios, un dar y un recibir recíprocamente.

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2 septiembre 2011

FORJANDO VIRTUDES II

Archivado en: Adolescencia,Docencia,Educación,Familia,Orientación,Psicología,Sociedad — entreeducadores @ 8:09 pm

Promover la sinceridad y remover la cultura del pretexto

Por Edistio Cámere

Decir la verdad no se agota en revelar la autoría de una acción determinada. Todo acto humano tiene un titular que debe pechar sus consecuencias -entre otras razones- porque éstas afectan a terceros. Cuando se prefiere el anonimato se atenta contra la justicia. Si se actuó bien, el agradecimiento o el reconocimiento es lo que corresponde. Por el contrario, cuando los efectos perjudican a otro(s) resarcir o atenuarlos es lo debido para recuperar la armonía en la convivencia.

La mentira aleja transitoriamente de la reparación. Para acallar la propia conciencia se requiere de justificaciones que como no responden a la realidad terminan por dirigir la conducta, a todas luces incoherente con la verdad. El mayor peligro de aferrarse a la mentira como estilo de vida es la incoherencia. Es preferible pasar un mal momento aceptando la medida correctiva que, por evitarla, elegir configurar paulatinamente una vida basada en el engaño.

La aceptación, el reconocer las cualidades y los defectos -sinceridad con uno mismo- ayuda al propio conocimiento, de manera que aleja de los falsos ideales o del temor a no asumir responsabilidades por subestimarse. El conocerse con realismo hace al hombre más sencillo y, por tanto, menos susceptible. Quien se acepta como es está menos preocupado por el ‘qué dirán’ y más pendiente de actuar con arreglo a unos criterios y principios.

 La sinceridad sella y fortalece la amistad. La confianza y la lealtad recíprocas consolidan los lazos amicales. Qué se pensaría de una persona que va al médico aquejada por un fuerte dolor de estómago y ante la pregunta del galeno éste describiera prolijamente los síntomas del dolor pero… del brazo.  La sinceridad es la clave para dejarse ayudar eficientemente. El darse a conocer facilita el consejo adecuado a las propias necesidades y circunstancias.

La mirada objetiva matizada por el afecto del padre o del educador, cuando se muestra tal y como es, permite que uno se conozca mejor; primero, porque nadie es buen juez en su propia causa; y, segundo, cuando se describe un hecho personal se le objetiva y en simultáneo se comprende con más claridad, lo que apoya a la toma de una decisión. Decir la verdad favorece el crecimiento de la libertad porque es el camino adecuado para que aquella se oriente al bien, meta de la felicidad. El ser humano tiene el enorme privilegio de poder contar con personas significativas que puedan auxiliarlo en esa meta.

Cultura del pretexto

Pretexto es todo motivo o causa simulada o aparente que se alega para excusarse de no haber ejecutado algo (Diccionario de la Lengua Española, 2001). Se tiende con facilidad al pretexto porque se es consciente del deber pero también se reconoce que aquel se contrapone a los propios gustos y a la comodidad que no pocas veces influyen en la estructura del orden de las prioridades. El deber siempre convoca, pero no siempre se concurre a la cita. Parece que se impone, pero a pesar de la gravedad de su porte el deber espera y acepta hidalgamente las consecuencias de una libertad que decide y actúa. El deber tiene una cualidad que lo hace constante y perseverante: su sencillez, que aparece en todo su esplendor cuando se le posterga. Sin resentimiento alguno vuelve a presentarse para nuevamente convocarnos.

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22 agosto 2011

FORJANDO VIRTUDES I

Archivado en: Adolescencia,Docencia,Educación,Familia,Orientación,Sociedad — entreeducadores @ 10:37 am
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Fortaleza y perseverancia

 

Por Edistio Cámere

Se suele pensar que fuerte es aquella persona enérgica, que no habla sino vocifera y que su presencia intimida a los demás. Nada más lejano a la realidad. La fortaleza germina en los mismos senderos por donde trascurre la vida, precisamente para ayudar al ser humano a desplegar su particular proyecto vital. La vida es el principal bien que posee el hombre, sin aquella no podría ser ni obrar. Pero exige que incrustemos, lo más plenamente posible, bienes que nos hagan más y mejores personas.

El hombre no es un ser determinado; es decir, está abierto a muchas posibilidades. No vive en soledad, convive con otros en el marco de una sociedad que tiene sus leyes y costumbres. Tampoco es un ser desencarnado; se expresa a través de su cuerpo, que se autorregula y sus demandas, por ser más inmediatas, interfieren en el logro de metas más de largo plazo. Estos hechos de una misma realidad advierten que ser mejor persona es una tarea compleja que requiere decidir optando entre dos alternativas.

Decisión para elegir

Cuando se elige, la opción asumida involucra e incide en la conducta que la dispone a transitar por la ruta elegida. Disponer hacia algo no es lo mismo que conseguirlo; como es distinto partir que llegar. Entre ambos media buen trecho. Cuando uno decide disponerse hacia es porque entiende que lo que va alcanzar es un bien. Cuanto más inmediato es el bien menos empeño se requiere. Por el contrario, cuanto más entidad tiene el bien, su consecución exigirá de mayor esfuerzo.  

La fortaleza entra en acción más nítidamente en esta última situación. Si uno camina cien metros no se cansa. Mas si quiere andar veinte kilómetros, entonces sí habrá que soportar el calor, no ceder ante el cansancio, sortear los obstáculos que se encuentran en el camino y no claudicar a pesar de las molestias. Hay que ser fuerte en el sentido de no quejarse y seguir para adelante. Los bienes, cuanto más entidad tienen, son arduos en tanto que cuesta conseguirlos. Pero cuando se consiguen permanecen como parte de nosotros. En el camino a ellos pueden aparecen distractores que pretenden seducirnos; por tanto, se tiene que ser fuerte para oponerles resistencia.  

La fortaleza, el ser fuerte, también se entiende como “acometer, entregarse con valentía en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer grandes empresas”[1]. En ese sentido, ser fuerte implica asimismo intervenir en el curso de los acontecimientos proponiendo alternativas o entregándose al servicio de los demás en actividades que suponen esfuerzo y generosidad.

La perseverancia

A modo de sugerencia, quisiera centrarme sólo en dos aspectos que miran a la perseverancia. El primero relacionado con la meta. Es conveniente revisar, para actualizar y fundamentar, la importancia de ser estudiantes y los compromisos que por esa misma condición tienen cara a sí mismos, a sus padres y a su comunidad. El segundo está vinculado con la necesidad de exigirse para dejar de lado otras actividades quizá más entretenidas pero que desenfocan de la meta escolar.

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12 agosto 2011

La dirección escolar: Hacia un nuevo paradigma

Por Edistio Cámere

Todo centro educativo se organiza y gobierna siguiendo el siguiente modelo que ha devenido en paradigmático: en el vértice superior el director; luego, el subdirector o subdirectores; jefes de nivel o de etapa; coordinadores de áreas académicas; profesores y, en la base, padres de familia y alumnos. Este modelo piramidal  enfatiza la gestión centrada en la función,  tarea y control de los recursos. Los subordinados, en consecuencia, están más atentos a las indicaciones venidas de las instancias superiores, al punto que no es insólito escuchar que “lo importante es que el directivo esté contento con mi desempeño”.Ciertamente, en toda institución sin distinción de su naturaleza o giro, tiene que existir un orden, una estructura que articule las capacidades y esfuerzos de todos y cada uno de sus miembros hacia unos mismos objetivos. La escuela, además, destaca por una característica significativa: opera a partir de unos principios educativos o criterios axiológicos que no sólo la destinan sino que a su vez deben crear -a  través de su estructura organizativa- las condiciones necesarias para que los alumnos los encarnen, los incorporen vitalmente, tanto durante su vida escolar como cuando sean ciudadanos. Una de esas condiciones es procurar que los profesores ([1]) los muestren con su comportamiento en el empeño de caminar junto con la escuela por el mismo sendero. 

Dicho de otro modo, la escuela se orienta -toda ella- hacia los alumnos con miras a su formación humana e integral sobre la base de proposiciones valóricas inscritas en su Ideario. Si esa es su finalidad, y dado que la concepción de un fin adecúa los medios, entonces su estructura organizativa debería acomodarse con el propósito de cumplir a cabalidad con dicha intención. Contrariamente a lo que sucede en las empresas comerciales o industriales, en las que quienes están comprometidos con la factura o transformación de un producto no se relacionan directamente con el usuario final, en la escuela la cercanía, el trato y la participación del docente es fundamental para que el alumno se eduque y se forme.

El profesor es el sujeto-agente que opera modificando a un sujeto-paciente: el discente. Junto a aquél los padres de familia desempeñan un rol de primerísimo orden en la educación del escolar. Desde esta perspectiva, la pirámide organizacional -funcionalmente hablando- debería configurar en la cúspide de la pirámideal alumno, inmediatamente después a los padres de familia, los profesores, las posiciones jerárquicas y en la base el director. Como podrá deducirse, no estoy promoviendo, ni por asomo, subvertir el orden de manera que el centro educativo sea gobernado por los estudiantes que, por cierto, sería contraproducente. Tampoco estoy sugiriendo que la escuela deba consentir o aplacar los gustos de los padres de familia. Más bien, quiero precisar lo proficuo de un sistema de gobierno capaz de conducir personas, medios y estrategias al servicio de las necesidades legítimas de crecimiento de los alumnos en tanto personas.

 

Función directiva

La tarea del director y de los demás ‘jefes’“no es mandar o dominar a quienes están debajo de ellos; su papel es más bien servir, que es la mejor manera de dirigir a quienes están más cerca de los alumnos para identificar y satisfacer sus necesidades legítimas. Su trabajo es quitar todas las obstrucciones que estorban a sus colaboradores en el serviciode sus alumnos(los subrayados son míos). Por desgracia hay demasiados ejecutivos que no sólo no quitan los obstáculos, sino que ellos mismos son un obstáculo permanente. Cuando vivía en ese medio solía referirme a ellos como ‘ejecutivos gaviota’. El ejecutivo gaviota sobrevuela periódicamente el área haciendo mucho ruido, ensuciando todo, se puede comer tu almuerzo y luego se va volando” ([2]).

A una escuela orientada hacia la persona del alumno le compete centrarse como requisito básico en sus profesores y en sus padres de familia, de lo contrario tal disposición restaría tan sólo en buenas intenciones. En sentido estricto, dado que la formación del discente está en manos de sus padres y docentes, es a ese nivel donde el esfuerzo directivo tiene que concentrarse para que -sobre todo los últimos- puedan ejercer sin cortapisas su labor educativa. Por eso, más que cifrar su quehacer en el cumplimiento de una carga impositiva basada en una suerte de reglamentarismo, es más significativo compartir con entusiasmo la filosofía educativa que anima la cultura e intenciones del colegio. Al profesor le asiste el derecho de conocer y comprenderla, de manera que, en pleno uso de su libertad, pueda hacerla propia e identificarse con la visión y principios de la escuela.

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