Por Edistio Cámere
No podré olvidar a aquel maestro que pintaba canas como años tenía de ejercer la docencia cuando comento, con cierto aire de nostalgia: “Mi vida profesional ha transcurrido entre los linderos de varios colegios. He enseñando a todo tipo de alumnos desde los más listos hasta los más esforzados. Desde los motivados hasta los meros asistentes. ¡Una vasta experiencia que me ha enriquecido mucho! A pesar de ello, no recuerdo que hayan pedido mi opinión acerca de la conveniencia o no de una ley, de un reglamento o de un cambio en materia educativa”. Este comentario abriga tres consecuencias: a) Las propuestas en educación suelen ir de arriba hacia abajo. b) Siendo la educación un acto humano relacional se privilegia poco la experiencia docente a tal extremo que no se le incluye al momento de la elaboración de planes o proyectos de largo aliento y, c) los docentes próximos a cesar o jubilados pueden constituirse en elementos importantes para supervisar las prácticas profesionales de los recién egresados o formar consejos consultivos que bien podrían beneficiar a los colegios estatales.
La educación es un largo y continuo proceso y como tal no debería admitir interrupciones abruptas. Su continuidad se sustenta en los docentes con la condición de que transmitan su experiencia acrisolada por los logros obtenidos, lo que permite que los que vienen detrás sean más eficaces pues se les abrevia el tiempo para alcanzar la madurez profesional.
La comunicación y los intercambios entre los docentes tienen que ser práctica común pues, en la educación no existen recetas que respondan a todos los retos que ella plantea. Más bien, admite criterios y experiencias que, respetando el contexto y las particulares circunstancias, ayuden a la eficacia del trabajo en el aula y en el trato personal con los alumnos. Lo permanente en la educación son las personas que siendo diferentes mantienen, a pesar del paso del tiempo sus características esenciales.






