Por Edistio Cámere
La infraestructura de un colegio pinta distinto: el campo de fútbol, gracias a las bondades de la tecnología puede lucir plano y verde; los nuevos pisos y el techado en las zonas deportivas dan un toque especial a la infraestructura; los salones amplios y pintados facilitan que profesores y alumnos se empeñen con más comodidad en la enseñanza-aprendizaje. En suma, el mantenimiento habitual de sus instalaciones -que todas las vacaciones de verano realizan los colegios- evidencia o, mejor, confirma la importancia de la buena presentación.
En efecto, las mejoras si bien quedan como patrimonio del colegio tienen un sentido que lo trasciende: su usufructo es para los alumnos. Es un modo concreto de demostrarles respeto. Desde un punto de vista objetivo, se podría afirmar que las mejoras no son necesarias para que un colegio siga cumpliendo su función. Pero no todo tiene que medirse con el rasero de lo mecánico o de lo utilitario.
El respeto a los demás para un colegio no se reduce al dictado de clases, ni a la puntualidad en el comienzo de las actividades. La limpieza, el buen trato, la comodidad, el cuidado y mantenimiento de los bienes también es parte de ese respeto que se debe a los demás. Muchas veces el esfuerzo y la dedicación invertidas en esos afanes no se aprecia lo suficiente, pero ¡qué grato es estar en un lugar limpio y apacible!



Una mano se levanta a mitad del salón. El profesor espera la pregunta pertinente a la materia impartida. El alumno sorprende: “¿Qué pasa en el Perú, profesor?”. Silencio en el aula. Luego, murmullo general; el tema interesa al grupo. El docente respira hondo, mientras juguetea con la tiza entre sus dedos mira al reloj que, obediente a su fin, no adelantará sus manecillas. Los estudiantes lo observan expectantes. El dilema está planteado: continuar o responder.





