Por Edistio Cámere
La adolescencia es un periodo clave en la formación de la personalidad. Es un tramo vital sensible y fértil. Sensible porque en él pueden ocurrir traumas que condicionan a veces el curso de la vida; y fértil porque es el momento en el que empiezan a despuntar los ideales que podrán impulsar y dar sentido el resto de la existencia individual. “Una vida lograda es un ideal vislumbrado en la edad juvenil y realizado en la madurez”.
En esta etapa se dan dos tipos de problemas: los ‘generales’ que él adolescente ha estado tratando de resolver desde su infancia y que vuelven a presentarse para su resolución; y los ‘particulares’ debido a su condición de adolescente. Cada una de las etapas de la adolescencia es un paso hacia el ser adulto, y ser tal es llegar al equilibrio psicológico, al de las funciones orgánicas, a reconocerse como persona y a integrar su medio a su yo para aceptarlo y aceptarse.
Ante la urgencia de la simultaneidad de tendencias contradictorias que se excluyen, de exigencias tanto internas como externas, de lograr su identidad, de definir lo que desea realizar en la vida y lo que espera de ella, de saber cuáles son sus creencias y valores… es casi normal que teniendo que enfrentar tantos elementos desconocidos e incertidumbres su comportamiento sea ora aberrante, ora incoherente, ora ansioso y ora desconfiado.







