EntreEducadores

23 abril 2012

El ‘tuteo’ en el trato profesor-alumno

Por Edistio Cámere

“La relación entre el profesor y el alumno, por tanto, es opuesta pero complementaria: ambos se necesitan para cumplir a cabalidad con sus roles”.

“Oye, Coco, ¿podrías explicar de nuevo que no he entendido? (…)   Profesor, ¿podría repetir, por favor? No he entendido”.

El fondo,  lo que se pide en estas dos expresiones es lo mismo. Pero es en la forma de decirlo donde se aprecia la diferencia. Tutear o no tutear es, sin duda, un asunto controversial. Hay quienes están a favor del ‘tuteo’ y no ven inconvenientes que sea utilizado como modo ordinario en la relación profesor-alumno. 

A favor del tuteo se esgrime el hecho de que se privilegia cierta horizontalidad en las relaciones que configura un clima más distendido dentro del aula y, en consecuencia, el alumno sentirá mayor confianza para acercarse al profesor. Otro argumento da cuenta que cuando el educando llama al profesor por su nombre de pila, el trato se torna más informal, más espontaneo, todo lo cual contribuye a que el alumno esté más dispuesto a ‘contar sus asuntos personales’.

El uso del tuteo presenta algunas implicancias que también vale la pena considerar. Dado el periodo evolutivo en que se sitúan sobre todo los púberes y adolescentes -los niños suelen decir: “Profesor, tú… o Miss, tú…” que en la práctica es lo mismo que decirusted’- el tuteo puede tornarse en una señal equívoca: el docente la entiende como expresión de confianza, sin embargo el alumno puede interpretarla subjetivamente: ‘el profesor es buena gente así…’. Además -pongo por caso- ante una llamada de atención, el ‘tú’, que encierra ciertas licencias en el trato, permite reacciones, gestos o dichos que se inhibirían de mediar el ‘usted’.

Pero el tuteo puede afectar la imparcialidad en la relación. En cierto modo, el anteponer el ‘tu’ establece una distinción, es una suerte de permiso para ir más allá de lo protocolar en el trato personal. Y sí además convenimos que toda relación interpersonal es un estreno, porque quienes interactúan son singulares e irrepetibles, entonces cada alumno -con arreglo a su modo de ser- dará una lectura distinta a la respuesta del profesor, matizada a su vez por ese modo de ser. En tanto el discente perciba o sospeche preferencias en la relación del docente con sus compañeros, el clima en el aula podrá enrarecerse.

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28 abril 2010

La palabra y la ejemplaridad en el trato personal

Por Edistio Cámere

La educación, a través de sus planes y procesos, tiene como meta al educando en tanto persona. Las tendencias predican las coincidencias; pero las diferencias obligan al trato personal como estrategia para contribuir a formalizar las relaciones personales inéditas que establece el alumno con el proyecto educativo propuesto por la escuela, ya sea a través de su ideario o de los contenidos curriculares. De hecho, toda acción educativa tiene la virtud de modificar al educando. Pero para que ese cambio sea significativo en la biografía del alumno, es menester procurar su participación activa y deliberada, ya que de otro modo no revestiría carácter definitivo.

Conseguir que el niño o joven sea protagonista de su desarrollo no es fácil. Pero sería más difícil y oneroso si no mediara el trato personal. Y cuando se habla de trato personal se está bien lejos de presentarlo como una suerte de interrelación gravosa o demandante, que sustrae al profesor del cumplimiento de otros deberes y obligaciones. Es que el trato personal tiene que enmarcarse dentro de la ordinaria relación que se establece entre el docente y el educando. 

En primer lugar, habría que decir que la disposición y la confianza del alumno hacia el docente no representan una cima que hay que conquistar. Simplemente se da. En segundo lugar, los roles y funciones están debidamente perfilados, razón por la cual, en primera instancia, el alumno es dócil a la acción del docente. Y, en tercer lugar, la relación se establece entre dos personas ubicadas en diferentes estadios de madurez y experiencia, lo que permite, entre otras cosas, que la valoración de lo que se comunica -sin que esto implique ningún viso de menosprecio- está estrechamente vinculada a ‘quien’ lo hace.

Dicho de otra manera, el alumno reconoce autoridad en el profesor en virtud de lo cual lo que éste dice, aunque sea breve, constituye para aquél algo importante. Por tanto, la eficacia del trato personal radica en la palabra y en la ejemplaridad del profesor. Esta autoridad que tiene de suyo el maestro, tiene que acrecentarla con obras y siendo consecuente. De lo contrario, el acercamiento al alumno no pasaría de ser una mera relación formal.  

Cómo llegar al alumno

La palabra es fundamental para intentar educar la interioridad del alumno. El contacto o trato con la interioridad exige respeto, que es una actitud educativa básica por parte del educador. Además, reclama de encuentros, momentos o espacios, cuya atmósfera facilite que efectivamente el alumno descorra el cerrojo de su mundo interior. “Para ayudar a un sujeto, primero necesita ser comprendido. La comprensión de los jóvenes viene a través de escuchar, escuchar y escuchar” (García Hoz). 

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31 marzo 2010

¿Es posible conocer a nuestros alumnos?

 Por Edistio Cámere

 ¿Es posible conocer a mis alumnos si en el aula tengo más de treinta? Es ésta una pregunta que el profesor se formula con arreglo a su propia circunstancia y con sincera preocupación. Obviamente, el conocimiento pleno y profundo de todos y cada uno de los alumnos es un ideal alcanzable sólo si la convivencia se extendiera también a los otros ámbitos naturales donde el alumno se desenvuelve cotidianamente, cosa que físicamente es imposible. 

Sin embargo, el tiempo en la escuela, distribuido entre las clases, los recreos, los encuentros informales y otras actividades, es el necesario y conveniente –si el docente lo busca intencionalmente– para conocer al alumno. Para lograr dicho cometido, el docente tiene que actuar con rectitud de intención, averiguar la naturaleza de la persona en cuanto tal;  percibir al sujeto como distinto de todo lo que no es él;  y  tener trato y comunicación con el alumno. 

La educación, aquella que busca trascender el ‘hacer’ del alumno para instalarse en su ser-persona, es un acto humano relacional  por excelencia. Es acto, porque la educación debe realizarse ‘con’ conciencia y ‘en’ conciencia; y con un expreso deseo de querer hacerla. También es acto porque la educación implica un cambio o movimiento en el ser: la posibilidad se concreta especificándose.

Pero la educación también implica lo humano, porque los actores son personas; y con un añadido particular: los actores se encuentran en estadios diferentes de madurez y desarrollo. Aquí nace la fundamental consideración de que el medio fundamental para educar es la persona del docente. Y por último, es relacional, porque la educación se logra teniendo como base el establecimiento de un vínculo significativo que garantiza cierta correspondencia entre los protagonistas.  

Rectitud de intención

Conviene en primer lugar tratar de modo separado ambos conceptos: rectitud e intención.  La intención o intencionalidad es un vocablo que expresa la acción y efecto de tender ‘hacia’ algo. Tender, de suyo habla de movimiento. Pero paralelamente excluye el mero moverse de cualquier manera. Predica la tensión de ir hacia algo específico. La  tendencia por la tendencia implica, en cierto modo, una intención deficitaria. El movimiento hacia algo habla de un objeto o sujeto externo con relación a quien se mueve. Pero otro punto que se relaciona con este tender hacia algo es el ‘querer’ hacerlo, lo cual predica una acción de la voluntad. En resumen entonces, la intención se puede definir como la tendencia constante de la voluntad hacia su objeto formal que es el ‘bien’.  En el ámbito educativo el agente que tiende o se mueve es el docente y lo hace hacia el alumno. 

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1 agosto 2009

La relación profesor-alumno en el aula

Por Edistio CámereEN CLASE

El aula es, sin duda, el medio fundamental donde el docente despliega sus recursos personales y didácticos para cumplir con su labor, que tiene como eje medular la relación con el alumno. Y como toda relación humana, posee unas características implícitas y explícitas que le imprimen un sello y dinámica particular. No obstante, la relación profesor-alumno en el aula presenta algunas configuraciones que la hacen especialmente diferente de cualquier otra interpersonal:

1.- La relación entre el profesor y el alumno no se establece sobre la base de simpatía mutua, afinidad de caracteres o de intereses comunes. Más bien, se funda en una cierta ‘imposición’: están ahí sin consulta o consentimiento previos, lo cual genera -sobre todo en los comienzos de cada periodo lectivo -expectativas mutuas que se confirman o no con arreglo al desempeño del profesor y del alumno como tales. 

2.- Es una relación -bipolar de ida y vuelta- que se establece entre personas de diferente edad y grado de madurez. A la intensidad, variedad e irracionalidad de las reacciones, de los comportamientos, de las actitudes y de las motivaciones de los alumnos, el profesor debe responder con paciencia, ecuanimidad, prudencia y exigencia en su actuar, en sus juicios y en las manifestaciones de su carácter.   

3.-  La relación de docencia es una relación interpersonal pero no amical. Primero, porque la relación amistosa se establece entre dos personas en su concreta individualidad, es decir, conociéndose mutuamente. Segundo, esa relación estrictamente personal consiste en un mutuo querer y procurar, cada uno, los fines personales e individuales  del otro. 

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